viernes, 8 de abril de 2016

El Jesús histórico... (El Cristo que he buscado)...

El Jesús histórico


El hecho de que no se tenga con exacta precisión la fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret, por no tener los elementos suficientes, no significa que no sea importante precisar, todos los datos históricos que sean posibles. Se podría sostener que lo más importante es la fe en Jesús, y en que Él es el Salvador (el Mesías). Pero, hacer esa afirmación, y con ella, una división y separación de los datos de la fe de los datos de la historia, es un grave problema y un grandísimo error.
Tenía razón el profesor de Historia de la Iglesia en colocar ese tema como quid para un examen. El tema es de mucha importancia.
Por esos mismos años, 70-90, las discusiones teológicas estaban a flor de piel. Muchos insistían en la necesidad de demostrar la historicidad de los acontecimientos en el caso de Jesús, por supuesto; y otros, insistían en que lo más importante era la fe. Que había que creer a ojos cerrados, porque eso era la fe. Otros, por el contrario, se aferraban, en que la fe sin un fundamento histórico sobre Jesús, podría considerarse como la creación de una fábula o de una invención. ¿Y, si Jesús de Nazaret no existió, sino que fue un invento?
Mucha literatura apareció por esos tiempos. Unos proponían mil cosas y las sostenían como verdaderas. A nivel de novelas cada vez aparecía una con ideas que confundían. La gente devoraba esos libros con un afán de novedad y de estar al día. En las reflexiones teológicas también había división, y se generaba una especie de pugna intelectual, en donde, igualmente, algunos pensadores insistían en una “teología descendente”, y otros, en una “teología ascendente”; es decir, que había que pensar y hacer teología desde la Revelación, en el caso de una teología descendente, desde Dios (de arriba hacia abajo). Mientras que la teología ascendente era hacer teología desde el hombre concreto y real, para desde él, llegar a conocer el misterio de Dios y su revelación (desde abajo hacia arriba). Unos insistían, entonces, en la importancia y supremacía de lo revelado. Y la cristología se dividía, igualmente, en dos formas de estudiar, la ascendente y la descendente. La descendente buscaba más el aspecto divino de Jesucristo ("Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado..."); mientras que la teología ascendente buscaba destacar más su aspecto humano (nace pobre, habla en parábolas, come con pecadores...). Se llegaba a la división de los mismos Evangelios, al considerar que el evangelista San Juan y el apóstol San Pablo se fijaban más en el aspecto divino; mientras que los sinópticos, o sea, San Mateo, San Marcos y San Lucas, se fijaban más en los rasgos humanos de Jesús.
Muchos nombres de teólogos se barajaban por entonces. El citar o leer a uno, o a otro, ya era estar o a favor, o en contra de una metodología. Ya el solo hecho de nombrar a uno de cualquiera de las posturas intelectuales y de método de estudio, era pasar a ser considerado, o de avanzada, o de pensamiento cerrado. Parecería no existir el justo medio en esos tiempos. Se clasificaba indiscriminadamente, por uno o por otro.
Se despertó, sin embargo, un gran interés en la búsqueda, a pesar del estrés que en ese mientras tanto se estaba viviendo. Al punto de llegar a considerar la idea de la necesidad del cambio de las fórmulas y del contenido de las definiciones dogmáticas, como por ejemplo, la definición dogmática que había definido la persona de Jesús con dos naturalezas, la divina y la humana. A este respecto hubo sus grandes forcejeos de parte y parte. Las razones que se esgrimían era que el lenguaje utilizado en la definición obedecía a un tiempo histórico ya superado; por consiguiente, para que el hombre de los tiempos actuales pudiese entender esa definición, había que cambiar su terminología y lenguaje.
Precisamente, en ese ejemplo colocado, radica todo el centro. Jesucristo, con dos naturalezas, la divina y la humana en una misma persona. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, como se enuncia en la adoración del Santísimo, en la experiencia de oración de la Iglesia, frente al Sacramento de la Eucaristía.
De eso se trata la experiencia de fe. Profesa la fe en Jesús, nacido de mujer (de una virgen, por obra y gracia del Espíritu Santo), que nació en Belén de Judea (Belén, como propósito teológico), que creció en Nazaret, donde vivió hasta los treinta años; que predicó la Buena Nueva, que escogió a un grupo para enseñarle su mensaje de salvación, que fue sentenciado a muerte por el mensaje (y por designio en el proyecto del Padre, en la acción del Espíritu), y que murió en la cruz. Hasta ahí la experiencia histórica del hombre de manera inmediata. Experiencia histórica que es fundamental y de gran importancia, que sucedió “en tiempos de Poncio Pilatos”. Y que “resucitó”, como dice el credo (y que es la doctrina de San Pablo), “según las Escrituras”, porque así estaba proyectado en el plan de Salvación (el sentido global de la Escritura y a la que hay que leer en su sentido completo, y no parcial), siendo el primero. Siendo la Iglesia, la comunidad de creyentes en la resurrección y los partícipes de esa experiencia, la que profesa y proclama al mundo esa verdad de fe, con referencia a un hecho histórico, del que no puede prescindir jamás, ni como intento, so pretexto de actualidad y modernismo.
La fe es en Jesús (histórico) que es el Mesías (el Salvador, el Cristo). Esa verdad está en la significación de la experiencia en la historia, desde el mismo comienzo, en la verdad única e indisoluble de “Jesucristo”, Dios y hombre verdadero.

Y ese es el tema de la “Cristología”.

La Cristología... (El Cristo que he buscado)...

La Cristología


Cada cosa en su lugar y en su justo momento.
Así, en su debido tiempo, en el Seminario, nos tocó cursar la materia Cristología. Una materia fascinante porque se trataba de estudiar en dos semestres la vida de Cristo, según los Evangelios, porque no es otra la fuente, además de las cartas paulinas. Sin contar, por supuesto, el estudio de Cristo, de manera implícita, cuando ya se había estado estudiando todas las demás materias. Pero, ahora, se trataba de un estudio un poco más directo de las metodologías y de las formas de acercarse al misterio del Dios hecho hombre (“Emmanuel,” “Dios con nosotros”, Mt. 1, 23).
Nos encontrábamos en el centro del centro mismo. Era y es la materia más importante que pueda haber en todo el cristianismo. Todas las demás dependen de ella. De hecho, una auténtica y sólida Cristología es la base para cualquier comprensión teológica que pueda haber sobre Dios y sobre el hombre. En Cristo converge la realidad divina y la realidad humana. Desde Él se comprende la revelación de Dios, y se explica el misterio del hombre, al mismo tiempo.
Se trata de comprender al propio fundador de la Iglesia.
Desde el punto que se le mirara era y es la materia más bonita que pueda haber en todos los 4 años de estudios de teología en la formación de un seminario. Para unos jóvenes plenos de la belleza de la juventud y ansiosos de llenar sus mentes del conocimiento de la verdad sobre Jesús, y sobre todo, de dar explicación al hecho maravilloso de la convocatoria y de la respuesta, encontrarse en aquel punto de la preparación, era un momento de una gran riqueza intelectual y espiritual único. Porque intelectual es decir ya una experiencia espiritual. No se oponen. Es la misma verdad.
Era encontrarse enamorados del que los convocaba y los estimulaba a continuar. Y era encontrar muchos detalles de la historia de ese mismo personaje que los hacía interesarse más por Él, para seguir en el mismo círculo envolvente de la búsqueda y del encuentro, sin querer salir, a pesar de las inexperiencias y de las inseguridades en ese mismo saber. Pero eso mismo los llevaba a intentar profundizar.
Se trataba de comprender muchas cosas. Era poder diferenciar las cristologías de cada evangelista y la Cristología de los Evangelios en su conjunto, porque, a pesar de que cada evangelista tiene un propósito y un esquema, una era la meta y finalidad de todos en su inspiración del Espíritu Santo: hacer una profesión de fe en que Jesús es el Mesías, el Cristo, el Salvador. Así cada evangelista difiera uno de otro. Marcos, es más histórico, a pesar de no contener expresamente datos biográficos de Jesús. Lucas hace más uso del conocimiento de las Sagradas Escrituras, y leer el Evangelio de San Lucas, es comprender al pueblo judío, de forma compendiada o resumida. Muchos datos de su Evangelio dan esas pautas de comprensión global de las Escrituras, como el cántico de María en el Magníficat, o el canto de Simeón cuando la presentación del niño Jesús en el templo, como ejemplos. Mateo obedece a otra línea. San Juan es una reflexión teológica y una clara profesión de fe, desde sus mismos comienzos. Cada evangelista con su propia línea, pero todos unidos en la misma profesión, porque cada Evangelio es una cristología, y todos los Evangelios, son una misma y única Cristología.
Eso por una parte. Por la otra, estaba en sorprenderse ante el descubrimiento en los mismos Evangelios de que el Reino de los Cielos, ya había llegado. Que era un hecho histórico, real. Pero que todavía no. Y, a pesar de que esta especificidad era materia propia de la “Escatología”, por tratarse de las realidades de después de la muerte, y que son un misterio insondable, era comprender, igualmente, que el Reino de los cielos era ya un hecho en la historia, porque cada uno tenía que asumir la vida en su plenitud. Ciertamente, con la esperanza de una cercanía con Dios, post-mortem. Pero eso no llevaba bajo ninguna circunstancia a evadir el presente histórico.
Era, entonces, cuando la materia o el curso de Cristología se hacía fascinante. Porque era comprender que “ya había llegado el Reino de los cielos”, pero que “todavía no”. Es decir, que la tan anhelada llegada de Jesús a juzgar el mundo, tal vez, en forma apocalíptica, era simplemente una utopía y una sencilla fantasía. Se trataba de comprender que no era una proyección enajenadora y alienante de nuestro hoy concreto. Sino que era de asumir.
Esa comprensión parecía un gran descubrimiento. Y entusiasmaba. El tema de la cruz de Cristo comenzaba a iluminar los entendimientos y los corazones. Era una cruz como referencia a la propia vida de cada uno. Era una prolongación de la vida de cada uno. Entonces, Cristo pasaba a ser más que modelo a seguir. Eso era lo fascinante. Porque era una meta y un objetivo de estudio.
La clave estaba precisamente en el hecho histórico de Jesús de Nazaret, que era y es el Salvador, el Mesías, el Cristo.
Aquel grupo se fue interesando más y más. A algunos de sus integrantes iban perfilando ya el gusto por esta o por otra materia. Estaban ya en capacidad de tener algunas ideas precisas al respecto. A esas alturas ya cada uno sabía por cuál de ellas especializarse, en caso de que se presentase la oportunidad, entre los que se generaba esa inquietud de estudio, por supuesto.
En el caso de la materia “Cristología”, el texto base de estudio había sido la obra del cristólogo y teólogo francés Christian Duquoc, titulada “El hombre Jesús” (primer tomo), y “El Mesías” (segundo tomo). Esta era la cristología que les serviría de base y fundamento teológico de ahí en adelante. Había faltado el sentido crítico y de análisis, que ya serían tareas para después, en caso de buscar profundizar al respecto.

En todo caso, todos habían quedado fascinados de las nuevas cosas que habían descubierto.

La especialización... (El Cristo que he buscado)...

La especialización


Los que tuvieron la inquietud de continuar estudiando y, por supuesto, la oportunidad de hacerlo de manera más profunda, salieron a universidades de prestigio y especializadas en las respectivas materias. Los que aspiraban una mayor fundamentación teológica buscaron las maneras de que se les presentaran las oportunidades. Algunos las desaprovecharon. A otros, no se les presentaron ni las buscaron, tal vez, por tener aspiraciones intelectuales, o porque comprendían que todo a partir de lo que ya tenían y eran (consagrados sacerdotes) era más que suficiente, y todo lo demás, pues simple añadidura, como lo era y es.
El caso es que los que quisieron y pudieron salieron a estudiar. Cada uno en la preferencia y gusto de la materia que le había marcado en algo mientras se estudiaba lo fundamental en la teología. Algunos irían a estudiar Teología Moral, otros, irían inclusive a estudiar filosofía; algún otro, historia de la Iglesia; otro, liturgia y, otros, teología fundamental y otros teología dogmática, y otros teología bíblica. Otros irían a estudiar Derecho Canónico, que eran los que tenían alguna aspiración de llegar a Obispos y querían hacer carrera eclesiástica, por lo menos era lo se decía por esos entonces, aunque muchos, sin nada de eso, igualmente, llegaron. Tampoco era condición de peso para ello, pero en algo, parecía determinar.
La Teología Moral se perfilaba muy interesante por esos tiempos, sobre todo porque se estaba en discusión y en perfeccionamiento de todos los procedimientos científicos de la fecundación in Vitro, lo de la inseminación artificial, y todo lo que tenía que ver con los grandes adelantos sobre la genética. Y se discutía lo ético de esos procedimientos, que era tarea de la filosofía (a partir de la razón sobre lo que es bueno o malo para el hombre; racionalmente, sin fe), y lo moral (bueno o malo, desde la perspectiva de la Revelación de Dios, con el elemento fundamental de la fe) de toda esa vorágine científica en función del mejoramiento de la raza humana. Mucho tiempo después sucedía la clonación de la oveja Dolly, en el año 1997. Se perfilaba, entonces, en la teología moral lo bueno y lo malo de todas esas posibilidades, y se insistía en lo pernicioso que pudiese ser para el género humano; pues, por sobre todo, se insistía en la dignidad de la persona humana, como “imagen y semejanza de Dios”, y a la que no era posible manipular, bajo ningún pretexto. Se insistía en el lado opuesto en que era necesario mejorar la raza humana, y que para ello, se presentaba como un imperativo científico el poder manipular genéticamente para eliminar enfermedades y prevenir algunos padecimientos. Entonces, la Teología Moral, se asomaba como una materia muy importante de estudio. Se trataba, y se trata, de precisar qué cosa es buena y qué cosa es mala, según la Revelación, desde la fe. Es decir, qué cosa es pecado, y no está permitido, porque es moralmente malo, al ir contra la voluntad de Dios.
Se trataba de una aplicación práctica de la teología como tal. Ya que la teología se divide en tres grandes bloques o grupos[1]: el primer grupo: histórico-bíblico; el segundo grupo: sistemático; y el tercer grupo: práctico. El gruó histórico-bíblico se subdivide en Ciencia bíblica (estudia la Sagrada Escritura, en sus testimonios, historia y contenido de la Revelación (libros canónicos, Exégesis, Teología Bíblica) e Historia de la Iglesia (estudia la estructuración de la palabra de Dios en el transcurso de los siglos); y finalmente, en Teología Dogmática con la Mística; y en Teología Moral con la Ascética. La teología dogmática expone de una forma sistemática las realidades reveladas en la Palabra de Dios, marchando siempre acorde con las enseñanzas de la Iglesia. La teología Moral da las normas de obrar, de acuerdo con la revelación divina.
El tercer grupo, el de las asignaturas prácticas, se subdivide en Liturgia, Derecho Canónico y Teología Pastoral. Los tres grupos presuponen la Teología Fundamental (Apologética), que es la que enseña la realidad de la Revelación, probando así la racionalidad de la fe.
En cierta manera el precisar y tener bien en claro la teología dogmática es dominar de manera inmediata y lógica todo lo que comprende y abarca la teología moral. Porque se trata de la Revelación y del intento de comprenderlo, de donde se desprende todo, en función del hombre, como la máxima perfección de la creación, o como se dice en teología moral, “la corona de la creación”.
La liturgia, por otra parte, era vista como el estudio de las rúbricas y comportamientos a la hora de la celebración de la liturgia. Se trataba de qué forma y cómo y cuándo se puede y se debe celebrar esto o aquello. Qué está permitido y qué no en las rúbricas a la hora del rito de la celebración. Se veía como el ritualismo como tal. Y aquello parecía por de más de latoso. Sin embargo, algunos optarían por especializarse en esta rama. Aunque, después de la comprensión y asimilación de la verdadera teología, llevaría a comprender que la auténtica liturgia, no es más que pura teología. Y que teología es liturgia pura, en su sentido auténtico; y, que liturgia no es más que la exaltación gozosa de la teología en su plena comprensión. Nada tiene que ver con ritualismo, que sería un empobrecimiento de la liturgia y de la teología al mismo tiempo.
Cada materia o especialización tenía y tiene, igualmente, sus propias subdivisiones. Los que irían (y fueron) a especializarse irían por una de las divisiones generales, pero se dedicarían exclusivamente a un tema en concreto, de las muchas ramas que tiene cada especialización.
Los que se irían por “Teología Dogmática”, tendrían que escoger o “Teología Fundamental”, como un derivado de la misma teología, o “Teología Dogmática”, propiamente dicha. En el caso de escoger por la Fundamental había que tener muy buena fundamentación en la filosofía, porque se trata de llegar desde el hombre hasta Dios, y buscar esa relación maravillosa entre Criatura y Creador. Se trata de estudiar un poco a San Agustín, y mucho a Santo Tomás de Aquino en el estudio de su Summa Teologiae. Es entrar en la división de la razón y de la fe, y buscar desde la razón la explicación de los fundamentos de la fe. Era y es tener una mente aguda y escudriñadora para desde la razón comprender las verdades de la fe. Especial para mentes muy profundas y agudas para utilizar los sofismas aristotélicos en la lógica filosófica. Era y es ser un amante de las analogías para desde la comparación de la criatura, llegar al Creador, pero con la fidelidad de la razón en la firmeza de la fe. Eso suponía y supone un gran soporte en la fe y en los dogmas de la Iglesia, para evitar grandes errores de aplicación, primero, y de interpretación, después. Es la tarea propia de la apologética (la defensa de la fe). Mucho tiempo después el Papa Juan Pablo II publicaba una Encíclica en donde trata, justamente, estas dimensiones y fronteras, en la Encíclica Fides et ratio, en el año 1998, y de la que se puede entresacar la enseñanza, de que, “La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cfr. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2)”.
 Los que optaran por “la Teología Fundamental”, tenían y tienen que estar imbuidos de mucha cultura. Haber leído mucho y estar atentos al espíritu de los grandes aportes del arte en todas sus manifestaciones. Tenía y tiene que ser un amante de la pintura, y un enamorado de la música, sobre todo en sus respectivos momentos históricos culturales. Ser conocedor de muchos filósofos, sobre todo desde el post-modernismo, como desde un Humberto Ecco, con su obra “En el nombre de la Rosa”, por ejemplo. Estar abierto a la riqueza de la poesía y de los grandes poetas con su mucha profundidad, a pesar de todos los recovecos intrincados de sus interiorizaciones, y saberlos entender e interpretar, primero para encontrar en sí mismo la novedad del paso nuevo a nivel personal, y, después en relacionarlos con cada época, situación y circunstancia de la historia individual del escritor y de su entorno. Ser místico al estar y ser sensible a la apertura; y ser intelectual para dar el paso de la relación con la cultura en el afán de la búsqueda eterna del sentido de la vida. Y tener una sólida fe para vivir eternamente enamorado de esa misma experiencia que lo llevará a no estar nunca estancado, ni a estar satisfecho por los hallazgos interiores que él mismo tiene que ir encontrando. En fin, una tarea constante y nada fácil, en caso de optar por dedicarse a la gran riqueza que supone y es la “Teología Fundamental”, que requiere la firmeza, por otra parte, de una auténtica “Teología Dogmática”.
Optar por la “Teología Dogmática”, por otro lado, requería tener muy buenas bases en su formación en el Seminario, fruto de buenos profesores, y fruto también de su inquietud personal para ahondar y enraizar profundamente los conocimientos. La ventaja de la Dogmática era y es en que daría una formación sólida sobre la fe y el credo de la Iglesia.
En caso de preferir la “Teología Dogmática”, como escogencia, tenía algunas opciones para su preparación, como la “Eclesiología” (el estudio de la Iglesia), “Misionología”, “Espiritualidad”, y, hasta la misma “Cristología”, entre otras de las muchas que tiene la Teología. Todas ellas dentro de la especialidad de la “Teología Dogmática”, pero con objetivos más concretos, sobre todo a la hora de preparar la tesis que le permitiera ser acreedores de la licenciatura en Teología Dogmática.
Optar por Teología Dogmática, mención Cristología, era llegar al centro del centro mismo de todo posible estudio de profundización del cristianismo y de la fe. Era lo máximo.



[1] Cfr. Michael Schmaus, Teología Dogmática, I, La Trinidad de Dios, Unidad y división de la Teología, pp. 66-68.

La experiencia romana... (El Cristo que he buscado)...

La experiencia romana


Se presentó la oportunidad.
Unos fueron antes, y otros después. Otros, ni antes, ni después, pues no les motivaba ir, por lo menos a estudiar. Muchos fueron por otros motivos, como el turismo. Pero, la experiencia era distinta, y los impactos muy diversos.
Los que fueron a estar algunos días más de los que dispone un tours, y se quedaron para tomársela un poco más en serio, vivieron lo que en Roma se suele llamar con la expresión “la experiencia romana”.
En los primeros días es la euforia de estar en Roma. Todo es nuevo. Todo es Roma. Todo es historia. Las visitas obligadas a la Basílica de San Pedro, las fotos frente al Obelisco de la Plaza de San Pedro, las fuentes y las plazas, la pizza, y todo ese embrujo que da el llegar a la famosa ciudad eterna (cfr. Daniel Albarrán, Los Dos (novela). La novedad en la juventud ya adulta de encontrarse en donde de estudiante le parecía una fantasía. El estudiar el idioma, poco a poco y de prisa porque ya se comenzarán las clases, y hay que estar mínimamente preparado. El cambio de horario y su adaptación. En fin, un sinfín de cosas y elementos de ir buscando acomodo a lo que va a ser el hogar por dos o tres años.
Al cabo de dos o tres meses, encontrarse ya imbuido entre libros, en la biblioteca, y entre apuntes y notas para completar el estudio personalizado de las materias del pensum de estudios.
Todo vuelve a ser como en los tiempos de estudio en el Seminario. Pero con la diferencia que ahora se trata y se trataba de estudios superiores. No había tiempo que perder. Había que llenar lo que no se sabía. Era la hora de equilibrar y de colocar en su justo puesto las bases, buenas o no tan buenas, de la formación de joven. Algunos tenían muchas ventajas. Otros, no tanto. Pero había que tener buenos fundamentos en conocimientos. Si no, había que buscarlos con seriedad y responsabilidad. Sin embargo, algunos no se la tomaban tan en serio. Otros, se quemaban literalmente las cejas en el intento.
Ahí estaba yo. Había optado por la “Teología Dogmática”, y con el propósito de profundizar en Cristología. A pesar de que un sacerdote que ya había estado en Roma preparándose en Teología Dogmática, mención Eclesiología, y que sabía cómo se batía el cobre, como se dice, me había sugerido que hiciera, más bien, Teología Fundamental. Había dado sus razones, y entre otras, según su opinión, yo debería ser bueno para Teología Fundamental. No entendí, por ese entonces, porque no sabía la diferencia de una y de otra. Así que opté por Teología Dogmática.
Ya llevaba una idea del tema que sería la materia de estudio para realizar el trabajo escrito (tesina) con el que optaría a la licenciatura en Teología Dogmática. El tema era: “El Cristo que se transmite en las películas”. Es decir, la idea de Cristo que las películas y el cine transmite a la gente, y con la idea de Cristo que la gente tiene. A mí me parecía que podría ser un tema muy bueno. De hecho, en los pasillos de la Residencia donde vivíamos, hablaba con algunos de los residentes-estudiantes, sobre ese posible tema. Algunos escuchaban y daban sus razones en contra. Otros, asentían que sería interesante. Ilusión de novato, por supuesto, porque las cosas cambiarían en el transcurso. Pero, no es descartable que hacer un estudio de tanta envergadura, sería realmente muy bueno, y hasta necesario. Eso significaría tener acceso a una video-teca donde estén todas las películas sobre Jesús de Nazaret, que por esos tiempos, no me eran posibles.
En el primer semestre, casi todos nos veíamos en las mismas aulas. Había materias generales para todos, porque se trataba de teología, y como es lógico se trataba de materias comunes. En el segundo semestre ya cada uno iba enrumbando la escogencia, y a pesar de que todavía se veían materias comunes a todos, se iban dividiendo los grupos. En el tercer semestre, ya era más selectivo cada grupo según se hubiese elegido. En el cuarto, quedaba un grupo muy reducido y específico y con profesores especialistas en la materia en concreto. Así, el grupito de unos 12 nos quedamos recibiendo clases de manera exclusiva con Jean Galot, un cristólogo de renombre en la Universidad Gregoriana. Había otro muy bueno, tal vez, de más fama. Era Jacques Dupuis. Se decía que había cierta rivalidad de posturas entre ellos dos. Era cuestión de asistir a sus clases y comprobar las diferencias. Galot, de hecho, era de la postura regia de la Iglesia. Sostenía que San Pedro era célibe y que no estaba casado; por otro, lado, afirmaba vehementemente que la venida de Jesucristo se daría el día en que todo el mundo estuviese convertido al cristianismo, y cuando no reinara otra religión que la católica. En ese pequeño grupo de discusión, sobre todo los sábados, que era la clase exclusiva con él, se había llegado a unas diferencias de pensamiento y se le había llevado la contraria. Dupuis, por su lado, cuestionaba un poco el centralismo de la Iglesia Católica con su sede en Roma, y era partidario de una re-evaluación de la importancia de las Iglesias locales, como la latinoamericana y del tercer mundo, y su no necesaria vinculación con Roma. Dupuis era más de la idea que Dios salva y se manifiesta en otras religiones, y que la idea de que no hay salvación fuera de la Iglesia (“extra ecclesiam nulla Salus”) no obedece al proyecto de salvación, que es para todo el género humano, sino que es una reducción y una como puesta de camisa de fuerza a Dios. Dupuis había publicado un libro titulado “Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso”, que más tarde le costara el cargo de académico en la Universidad Gregoriana, y la prohibición de enseñar teología. Se dice que esta censura lo llevó al desgaste mental y físico, que le provocara prematuramente la muerte. Entre Jacques Dupuis, que estuvo en la India y asimiló su cultura, y Anthony de Mello y algunos de los discípulos de de Mello como Carlos Vallés, pareciera existir una especie de similitud en sus planteamientos, y son de la idea de un diálogo entre el cristianismo, el hinduismo y el budismo.
Dupuis y Galot eran los dos cristólogos de más renombre, por ese entonces, en la Gregoriana de Roma. Era interesante ver los planteamientos y las posturas que cada uno tenía. Dupuis era más liberal. Galot más cerrado. Las clases de Dupuis estaban repletas y daba gusto escucharle, tal vez, por sus ideas un poco atrevidas para el momento, y porque la apertura que tenía era fascinante. Sin embargo, Dupuis, era más exigente, y para poder seguirle había que leer mucho más, de lo que ya se tenía que leer, sobre todo, para llenar los vacíos en teología que se llevaban. Era un trabajo intelectual agotador, pero había que hacerlo.
Inicialmente, me había inclinado por hacer la tesina para la licenciatura con el teólogo y cristólogo Jacques Dupuis. Una o dos semanas antes de terminar el semestre y con su materia, me acerqué a conversar con él. Le propuse y le solicité que si él aceptaba ser mi tutor intelectual para la licenciatura. Dijo que sí, pero que era muy temprano. Que lo fuera pensando para el tercer semestre. Pero al terminar el semestre, después de dar el examen oral de quince minutos de su materia, en el salón de clases dispuesto para ello, cambié de idea, porque pasé mucho trabajo dando el examen. Sufrí una barbaridad ante su bombardeo de preguntas. No había terminado la idea que estaba diciendo de la pregunta respectiva, cuando ya venía la siguiente pregunta, y así, para experimentar que esos quince minutos eran el fin del mundo. Esa mañana había nevado en Roma, y según los noticieros, hacía cinco años que en Roma no nevaba como ese día. Aquello era un espectáculo hermoso. Había nieve hasta en las ventanas, así como pasan en las películas. Había que andar con guantes y con tapa orejas para controlar la temperatura en el cuerpo, además del abrigo y de la bufanda. En las calles había que caminar con mucho cuidado, porque a cada paso, se sentía deslizarse la planta de los pies, y había que sincronizar las pisadas para no dar en una costalada en el pavimento o en la acera. Se sentía una algarabía en los autobuses interurbanos que llevaban y transportaban a los usuarios. El tema de conversación era la nevada, tanto para los mismos romanos, como para los extranjeros como nosotros. Sin duda, que aquella experiencia era muy bonita. Pero, para mí, fue hasta cierto punto un poco cortada, ya que a las nueve en punto de la mañana, el padre Jacques Dupuis, estaba abriendo la puerta del salón de clases y diciendo mi apellido y nombre, y que por orden alfabético me convertían en el primero de la lista. Afuera en el pasillo estábamos unos cinco o seis alumnos. Dí un paso al frente y me enrumbé hacia la puerta del salón. Nos dimos la mano, como buenos caballeros. Nos dirigimos hacia los puestos destinados para el interrogatorio, uno frente al otro. Yo hice referencia a la nevada y miramos las ventanas. El profesor fue al grano e hizo la pregunta. Hizo una referencia a Bultmann, un cristólogo, y me pidió que hablara de su postura intelectual y de las ventajas y desventajas de sus planteamientos cristológicos. Empecé a hablar. Y a medida que iba hablando me interrumpía con otra nueva pregunta, y sentía que no me daba chance de aclarar la idea anterior, mucho menos la siguiente, y menos que menos la siguiente de la siguiente. Entonces pasaba de un autor a otro, y de otro para otro. La nieve de las ventanas ya no me parecía blanca ni bonita. Fueron quince minutos interminables. Creo que no dí pie con bola. Y ese era mi primera evaluación de mi primer semestre en la Gregoriana.

Era el inicio real en la piel viva de la asimilación de la expresión, que hasta ese momento nos sonaba a bonito, en la frase “la experiencia romana”. Apenas estábamos comenzando a vivir la otra cara de la moneda, en donde la moneda tenía dos marcas, en una la cara, y en la otra la cruz, como se dice cuando se juega o se apuesta a la suerte: cara o cruz. Y hasta ese momento, y desde ese instante, comenzaba la moneda a caer, no precisamente, en el lado de la cara. Comenzaba a saber y a experimentarse lo fuerte que era la frase, que al principio la decíamos deportivamente, pero que era el comienzo de una etapa difícil (cfr. La noche oscura de la que habla San Juan de la Cruz en Subida al Monte Carmelo).

El retiro espiritual de esa experiencia... (El Cristo que he buscado)...

El retiro espiritual de esa experiencia


Cada año, como era lógico, se iniciaba el año académico con el Retiro Espiritual. Ese año fue dirigido por el propio Rector del Colegio Pío Latinoamericano. El sitio había sido en la localidad de Monte Sacro, un barrio en la misma Roma. Y se trataba de casualidades, ya que en como se dice en la historia, fue en el Monte Sacro, donde Simón Bolívar había hecho el juramento de libertar la América oprimida por el yugo español (15 de agosto de 1805). Con esa idea se había ido muy atento de descubrir algo que diera la referencia de tal juramento en tal lugar de Roma, pero no había ni uno, ni otro. Solo era (es) una localidad o barrio de Roma, y es una colina de Roma que se levanta sobre la ribera derecha del río Aniene, tres millas al nororiente del Capitolio.
El director del Retiro había entregado una hoja, como ayuda para la reflexión personal. Decía:

Peligros de los siete mares
 (Hugo Wast):

Todo sacerdote joven me parece un buque que parte por primera vez hacia alta mar.
Todo sacerdote viejo me parece un buque que va llegando al puerto.
Me he cruzado en el mar, en uno de los siete mares del mundo, con dos buques, uno viejo y otro nuevo.
No sé por qué razones siempre que veo un buque viejo me pongo a imaginar las aventuras, los peligros, las tormentas que ha pasado; y delante de uno nuevo, todo lo que le aguarda.
Me he cruzado con dos, el uno viejo y el otro nuevo.
El viejo iba llegando al puerto, con su casco despintado, sus velas en jirones, sus masteleros en astillas, pero con su proa tajante y su timón obediente y firme, de modo que se mantenía en la buena ruta.
El otro recién botado al agua, navegaba hacia alta mar, relumbrante, con su arboladura nueva, sus cuerdas blancas, sus velas sonoras y al viento, que le daba en el costado. El agua hervía en espuma, bajo su quilla que abría un profundo surco en las olas.
Todo le sonreía, el sol, el cielo, la brisa, que cantaba en sus obenques, las ligeras nubes que le daban sombra, los delfines que danzaban a su alrededor y las gaviotas que se posaban en sus jarcias. Y él avanzaba libre y ufano, hacia los misterios del primero de los siete mares, seguro de sus lonas, de sus maderas y de sus forros de cobre y de su timón nuevo.
Y yo rogué por él, que antes de llegar al puerto tenía que humillar la soberbia en el Atlántico, cerrar los ojos y oídos a los espejismos y a los cantos de las sirenas en el Mediterráneo; dominar la ira en el Rojo; sobreponerse a la gula en el Índico; desafiar los tifones de la envidia en el Mar de la China; despreciar las mordeduras de la avaricia en el Pacífico; luchar contra el frío del alma en el Ártico; y vencer la pereza en el Mar de Sargazos, que más que un mar es la plaga de todos los mares.
Cuando veo un sacerdote viejo, deslucido en su traje y en su palabra, distraído como quien tiene el corazón en otra parte, sordo a los rumores de la tierra y atento a las voces que le hablan en sueños como a Samuel, pienso que invita a cantar un Te Deum, porque es un navío que ha pasado ya las tormentas de los siete mares.
Cuando veo uno joven, que emprende su periplo, impaciente de surcar los océanos, con demasiada confianza en la altura de sus mástiles y en lo pulido de sus cascos y en la gallardía de sus lonas; que mira poco el cielo para orientar su rumbo y mucho las máquinas que fabrican los hombres, tengo miedo por él.
Y más si es artista; y mucho más si es elocuente; y muchísimo más si es ingenuo y ama el ruido, y cree que le falta tiempo y puede dejar hoy esta rúbrica, mañana este rezo, después esta meditación, ser impuntual en la hora de su Misa; ser distraído en su breviario.
¡Ay! ¡Cuántos mares y cuántos escollos delante de su proa y qué lejos el puerto!
Llegará, sin duda, si deja de mirar la brújula de los hombres y levanta el corazón hasta la Estrella de la Mañana.
Llamamos así a la Virgen, pero es también una de las más preciosas advocaciones de Jesús, que dice de Sí Mismo en el último capítulo del Apocalipsis: “Yo Soy Jesús, la espléndida y luminosa Estrella de la Mañana (las negrillas son mías, para resaltar el contenido).

Terminado el retiro espiritual de ese año, todo comenzaba a comenzar, sumándose a la llamada “experiencia romana”, a la que había que añadir un itañolo (un italiano, más español que italiano), una adaptación horaria de seis horas de diferencia, lo que hacía un poco pesado los primeros días, y otros pocos más de elementos de adaptación y de reacomodo necesarios para darle sentido a los dos años que duraría todo lo que ya se había comenzado, y que no dejaba de ser más que simple añadidura. Hay un refrán que dice, al respecto, que “sarna con gusto, no pica; y si pica, no mortifica”. Ahora, se trataba de echar uña…(véase la novela “Los Dos”, escrita por ese mismo tiempo).

“Crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc. 2, 52)... (El Cristo que he buscado)...

“Crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”

(Lc. 2, 52)


Una de las noticias que había llamado la atención a la llegada a la Residencia, había sido, que dos o tres estudiantes se habían ido de regreso a sus países sin dar el examen final que los acreditaría como licenciados, egresados de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Habían hecho todas las materias. Habían presentado la tesina que los facultaba para el examen final, pero no se habían atrevido a dar esa prueba de fuego. Se trataba de una escalada en sumatoria: primero había que dar la puntuación suficiente en todas las materias, que le abrían las puertas para realizar el trabajo de investigación escrita (tesina). Después, en la suma positiva de esos dos escalones superados, se aspiraba legalmente a dar el tercer y definitivo paso, que era pasar por cuarenta y cinco minutos por tres profesores, en turno de quince minutos con cada uno. Esos tres profesores podían evaluar sobre cualquier tema de la teología, a pesar de que fueran especialistas en una en particular. Pero se abrigaba la esperanza de que el examen fuera su materia, de manera específica. Sólo dos o tres días antes del examen final se sabía la tanda de los tres evaluadores que le corresponderían a cada alumno, la hora, la fecha y el número de salón. Esperar esa información era una tortura.
La noticia de los que no habían dado el examen final había sido una noticia bomba. Algunos consideraban que habían ido a perder el tiempo, porque no habría un diploma o algo que los acreditara. Otros los consideraban como faltos de seriedad. Pero había que experimentar lo que eso significaba, y eso era un elemento más que se sumaba a la tan dicha y citada “experiencia romana”. Había que pasar por la presión de esos trances para saborear lo amargo de esas etapas.
La otra posibilidad de tema para la tesina que diera opción a la licenciatura era la afirmación del Evangelio de San Lucas 2, 52, donde el evangelista apuntaba, que Jesús “Crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”, después del acontecimiento del niño perdido y hallado en el templo. Ese tema había sido de mucha discusión en los tiempos de Seminario, y no se había quedado nada claro respecto a la afirmación y revelación del evangelista. Esa afirmación daba para tener mucha tela que cortar.
Ante esa afirmación del evangelista se cuestionaban muchas cosas sobre el conocimiento que pudiese tener Jesús sobre su misión. ¿Tenía, Jesús, conocimiento de su misión y de su muerte en cruz? ¿Sabía Jesús que tenía que morir en la cruz? ¿Cómo habría que ver la cruz y la muerte en ella, en la perspectiva de la vida de Jesús? ¿Al decir del evangelista, que “Crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”, significaría que ese crecimiento implicaba también una toma de conciencia en el tiempo, de su misión, sobre todo, de su muerte en cruz? ¿Había en esa afirmación una separación de la naturaleza humana y de la naturaleza divina; o por el contrario, también eso suponía un crecimiento de su condición divina? Más aun, ¿sabía Jesús de Nazaret de su filiación divina, o se fue dando cuenta de ello en el transcurso de los años, por eso el evangelista estaba diciendo que “crecía”?
Muchos eran los cuestionamientos ante la sentencia de San Lucas. En el Seminario no se había quedado claro. De manera, que estudiar y profundizar ese punto se presentaba como obligación teológica. Había que hacerlo. Había que aclararlo.
Esa nueva posibilidad se mostraba atractiva.
Ya el tema de la imagen de Cristo que se transmitían en las películas estaba descartado. No había material bibliográfico que ayudara a sustentar un estudio, por lo menos, para una tesina de licenciatura. Se perfilaba como un tema propio para una tesis de doctorado, en el sentido de que se podría hacer un gran aporte y un gran descubrimiento para la comprensión que se pueda tener a nivel masivo de un Cristo determinado. En eso consistía la diferencia entre la licenciatura y el doctorado. Para la licenciatura había que hacer una disertación sobre un tema específico, sobre todo, mostrar el manejo de las herramientas bibliográficas existentes y señalar una particularidad, sin ahondar demasiado; mientras que el doctorado era, y es, sobre un aporte nuevo y único en el vasto mundo del saber teológico, que abriera nuevos horizontes y puntos de vistas, no estudiados antes. Quizás ese tema era para un doctorado.
Una vez descartado el tema, había que escoger otro. Y el punto de la conciencia de la filiación divina de Jesús de Nazaret, y del conocimiento de su misión en su muerte en cruz, era un tema fascinante.
Había que tener en consideración que esa posibilidad quedaba abierta, mucho más porque el texto de estudio que se había utilizado en el Seminario, que era la cristología de Christian Duquoc, dejaba grandes lagunas al respecto.
Ya con las ideas, más o menos claras, se escogió a Jean Galot, entonces, para la asesoría de la licenciatura.
Una vez que el tutor había aceptado, se le planteó el tema. Su respuesta fue que el tema era muy complicado. Que se podía caer en grandes confusiones. Que era mejor que se escogiera otro tema.
Esa doble respuesta abría más la confusión. Por un lado, aceptaba; pero, por otro, sugería otro tema cualquiera. Volver a Jacques Dupuis, no cabía ni como pensamiento; aunque, viendo la apertura de su cristología, tal vez, hubiese aceptado el tema por ser un tema propio para abrir brecha y camino. Pero, era mejor quedarse con la idea de que la nieve ya no era tan blanca ni tan bonita, por lo menos en las ventanas del salón de esa mañana terrible.

No había otra que cambiar el tema. Había que buscarlo y precisarlo. Después proponerlo y esperar lo que Dios quisiera, como se dice.

El que sabe, sabe…(El Cristo que he buscado)...

El que sabe, sabe…



Todos hemos tenido experiencias de respuestas no complacientes, sobre todo, a nivel de estudios. En esos momentos no se entienden, y se nos derrumba el piso. Nos quitan el queso, como en la moraleja del cuento de Spencer Johnson. Pero el que sabe, sabe.
No se improvisa un buen profesor. Al contrario, se cultiva, se riega, y se recoge. Si no se ha ni sembrado, ni regado, no se puede recoger. Ya lo dice el mismo Evangelio que “no se recoge uvas de los espinos o higos de los abrojos” (Mt. 7, 16). Hay que añadirle, como es lógico, su gran ingrediente de pedagogía y de vocación para la enseñanza, que mucho que menos, se improvisa.
Sin duda que sabía mucho el tutor, a pesar de los apuros en que pueda uno verse en esos momentos. Se comprenden después.
No había de otra. Había que buscar un nuevo tema. Había que pensar. Pero las cosas estaban fáciles, ya que si no se había quedado claro en el Seminario, en lo de la sentencia del Evangelista San Lucas (Lc. 2, 52), respecto a lo de la conciencia de Jesús de su filiación divina, y todo lo que ello implicaba, lo lógico era, entonces, estudiar al autor que no dejaba claras esas ideas, y con ello se resolvía la inquietud que estaba pendiente. O sea, matar a la culebra por la cabeza. Eso era todo. No había elección. Había que volver sobre el camino andado y volverlo a andar para quedar contentos.

En esos momentos no se veían tan claras las cosas, por supuesto. Ya lo dice el poeta: “caminante, no hay caminos. Se hace camino al andar”.